martes, 24 de marzo de 2015

La muerte no pudo contra la cultura del pensamiento y la acción.

Por Guadalupe Podestá Cordero

Las dictaduras le obsequian a los pueblos, con su llegada, largas noches de sombras donde nada está claro salvo el horror y no hay melodías salvo los gritos, la pena y el llanto.
Hace treinta y nueve años, los genocidas se robaron la patria para ellos, nos callaron a los jóvenes, callaron a los adultos, todo el que tuviera un ideal enaltecedor de los humano, todo el que tuviese un sueño integrador, todo el que quisiera las caritas felices de los chicos llenando plazas, sin penurias, sin hambre, sin privaciones, con padres felices, todo el que deseara eso sería tachado de enemigo, un enemigo al que debía suprimirse.
Como en toda dictadura, los espacios de libertad fueron acotados, la cultura empobrecida, el arte expoliado y casi prohibido. En una dictadura, el arte, cuando no se vuelve vano, se transforma en ámbito de resistencia.
Para los dictadores hay palabras nocivas, por lo tanto la expresión debe ser controlada para que se transforme en una herramienta útil para los fines de quienes administran la muerte a su personalísimo gusto.
Hace treinta y nueve años el cine se convertía en un elemento de propaganda aceitadísimo, así como los medios más grandes del país se ocuparon de mentir las noticias (cosa que luego seguirían haciendo en su camino hacia ser monopolios y en su actual negativa a ajustarse a una ley que lo que busca es liberar los espacios para la palabra, sólo para respetar la constitución), el arte se volvió casi clandestino, porque cada cosa que pueda abrir la mente asusta a los genocidas, hasta la ciencia se volvió acto de resistencia.
Los dictadores argentinos combatieron abiertamente la matemática de conjuntos, la filosofía rupturista, la literatura popular, la música, nos dejaron llenos de vacíos. Y esos vacíos costó mucho llenarlos, aún quedan algunos, porque a la dictadura genocida le siguió el neoliberalismo asesino de personas e ideas.
Cuando hablamos de neoliberalismo, debemos recordar que la dictadura genocida del 76 fue pensada para imponer, precisamente, esas ideas, las de Friedman y toda la caterva de vaciadores de países, esos a los que les interesa un mercado especulador, porque ese no necesita tantos consumidores como, sí, inversionistas.
Hablar de “pensamiento nacional” era peligroso primero y utópico después. Tan utópico que cuando se abrió la “Secretaría de Coordinación Estratégica del Pensamiento Nacional” (hace poco tiempo, como una de las áreas del actual Ministerio de Cultura de la Nación) muchos ignorantes y petulantes se rieron, porque no entendieron la necesidad de poner en plena relevancia al pensamiento nacional, es decir pensarnos como patria y como patria grande, generar nuestros propios lineamientos, sin copiar ni importar, sino vernos desde la identidad. Importancia que terminó de corroborar en reciente Foro de Emancipación e Igualdad.
Y en este hecho me detengo, porque lo considero parte de la recuperación de espacios de libertad suprema. Los participantes que venían de Europa o de Estados Unidos (Chomsky precisamente) no vinieron a decir lo que ellos creen que debemos hacer, vinieron a compartir y a intercambiar experiencias e ideas, pensamientos y saberes, en plena horizontalidad, eso es un ejercicio de libertad importantísimo, pero más importante que eso es el hecho de la gratuidad de ese foro, es decir que no se cobró entrada, que se puso una pantalla gigante afuera, que se repitió a través de internet y que luego lo pasó, resumido, la televisión pública, para que llegue a quienes no pudimos vivir la maravilla de estar.
Pensar esa posibilidad hace diez años era delirio, el camino recorrido es innegable, salvo por usar una venda elegida.
El último sábado, por invitación de los compañeros de La Mujica de San Miguel, tuve la oportunidad de asistir al primer día del Encuentro Federal de la Palabra. Debo reconocer que me debía, en lo personal, la visita a Tecnópolis (a veces el trabajo y el trajín no nos dejan tiempos para todas las cosas que uno desea vivir) La entrada era gratuita, la entrada a todo el parque, a todo lo que estaba activo de la muestra que era más o menos la mitad, tal vez un tercio. Corroboré que es imposible recorrer todo en un día, aun siendo la mitad, uno no llega ni a palos a ver todo.
Más allá de haber disfrutado una entrevista de Santiago O´Donnell a Julian Assange en vivo (Assange, por motivos conocidos, vía teleconferencia) con traducción simultánea, para la que por supuesto estaban disponibles los audífonos –para los cuales sólo había que presentar el DNI- lo cual me pareció maravilloso. Pude disfrutar de los espacios abiertos con muchos árboles, con juegos para los niños (muchos, pero muchos), espacios de librería, paseo de las editoriales, un parque con hamacas paraguayas, tirarme al sol en el pasto, y el trato de las personas que trabajan allí, todos amables y sonrientes.
Párrafo aparte, me asombraba cada vez que alguien de la feria me preguntaba si me había gustado, si me sentía bien y me invitaban a regresar, te hacen desear quedarte.
A la vuelta, caí en la cuenta de que ese espacio con montones de áreas dedicadas no sólo al entretenimiento, sino, y principalmente, a la ciencia, la cultura y al conocimiento en general, antes sirvió sólo para entrenamiento militar -Tecnópolis se construyó en lo que antiguamente eran tierras del regimiento de Villa Martelli- para terror de los defensores civiles de la dictadura, un regimiento se volvía territorio popular de la cultura y la ciencia.
Hoy, 39 años después, pienso en todo lo recorrido, pienso que la tortura, el asesinato y el latrocinio no pudieron matar la belleza esencial del alma humana, no pudieron borrar el ansia de saber. Pienso que la chatura neoliberal no pudo vaciar las mentes, como sus ideólogos desearon porque somos esencialmente eso, pensamiento y acción.
Pensaba como hubiese sido esta patria querida sin las dictaduras que borraron las maravillosas acciones del pasado, es decir, como hubiese sido esta tierra sin la dictadura retrógrada y extranjerizante del 55, como hubiésemos sido, con las universidades llenas de obreros, con familias discutiendo política real, con la riqueza revolucionaria intacta y creciendo.
Porque si bien es innegable todo lo hecho, debemos saber que estamos recuperando lo perdido, y eso implica mucho esfuerzo. Pero el resultado vale el esfuerzo.
El sábado pudimos, mi marido y yo, conversar unos minutos como dos directivos de la muestra, me sorprendió la actitud humilde de ambos, contentos porque los felicitábamos, lejos de querer agradar (los que llevan tiempo leyendo lo que escribo saben que eso me importa poco) nuestro reconocimiento era sincero, porque se veía las ganas de que nosotros, el pueblo, nos sintiéramos bien, eso debe valorarse.
Sé que esta nota será, tal vez atípica con respecto a las que suelo escribir para esta fecha, pero me pareció ineludible trazar un puente, pensando en lo que pasamos como pueblo en las sombras de la dictadura, ese aire saturado de muerte, sangre, maldad y profunda ignorancia y esta actualidad, construida con tanto esfuerzo por todos nosotros, tan llena de fuerza, de expresión de vitalidad, una realidad en la que la ciencia y el pensamiento no son vistos como peligrosos, una época donde la censura es sólo un nefasto recuerdo (porque hasta las groserías tienen espacio). Es cierto lo que decían los sabios del Tawantinsuyo, a un tiempo de sombras le sigue uno de luz, en el que al principio está el caos creativo y luego el andar calmo del tiempo activo y vital.
Rescatemos todo lo que se ha luchado, todo lo que se ha hecho, defendamos lo que tenemos y apostemos a generar más cambios profundos.
La liberación no es un punto que se alcanza y ya, es una tarea diaria. Descolonizar el pensamiento, es una lucha constante que debe darse desde cada área de nuestras vidas.

Nos toca en este tiempo avanzar, caminar, seguir con los juicios por delitos de lesa humanidad a militares y civiles (porque a esa dictadura la generó la oligarquía), contar nuestra historia como pueblo y avanzar hacia una profunda revolución cultural, que no se detenga y marque futuro abierto para los que vendrán después de nosotros. 

martes, 3 de marzo de 2015

De peronistas y peronés

Por Guadalupe Podestá Cordero

Lo que van a leer a continuación fue escrito ayer a la mañana y se publica hoy por razones de tiempo. Abrazos.

De peronistas y peronés
Cuando yo era chica y aprendí a cantar la marcha, veía en los ojos de mis viejos y de mis abuelos un orgullo increíble. Claro, la nena se iba haciendo peruca desde chica.
A los 10 años tenía leída y comprendida la doctrina, de más está aclarar que para esto perseguí a Dios y María Santísima para que me explicaran lo que el diccionario no podía, es que peronismo no se puede explicar por etimología.
A medida que crecía y leía más sobre historia y política (verán que no fui de las nenas que morían por las princesas) fui teniendo mis contradicciones y desacuerdos con Perón, como suele pasarnos a muchos. Perón era militar, yo crecí con cabeza civil y anarcoide, desde ahí no nos comprenderíamos, mi mundo era post dictadura, tampoco nos entenderíamos. Pero obviamente, la pelea nunca fue tanta como para decir “no soy más peronista”.
A los 18 me afilié, aunque para el 94 estaba peleada a morir con el partido, no con el movimiento. Creo que tengo que aclarar algo, la herramienta electoral del movimiento es el PJ (partido justicialista) que por ese entonces pintaba más liberal y facho de lo que yo había imaginado siempre. Claro, pasada la infancia, sabiendo que los reyes son los padres, uno no está dispuesto a comerse ni una más.
Aun así, seguía sintiéndome peronista, más bien tirando a Cooke que a Perón en sí mismo. Como no me alcanzaba, es más, me incomodaba ese supuesto peronismo que me mostraba lo más lábil y vendido que podía ser, ver a la plana mayor de la UCD cantando la marcha y haciendo la V fue como si me pegaran en el estómago, leí otras fuentes, pasé por Marx, Bakunin, El Che (siempre el Che que hasta hoy me acompaña) y muchos más. Pero siempre conservé esa esencia peronista, es más, más que peronista peruca, peroncha, esa bien pata al piso con la que crecí.
Alguno me dirá “vos no tenés el peronómetro” yo le diré que sí. Mi peronómetro me lo dieron cuando me enseñaron la historia del movimiento, me lo dio mi origen obrero, me lo legó Evita (como a tantas y tantos otros) cuando escribió “Mi Mensaje” con la poca fuerza que le quedaba a ese cuerpo todo pasión e ideas.
Mi peronómetro nació al calor de la resistencia de la que participaron mis abuelos, y de las luchas por la vuelta con las que crecieron mis padres, el peronómetro me lo dio la militancia no rentada con la que crecí y la convicción de dejar horas de la vida personal para cambiar un país y un mundo para bien de todos.
Mi forma de valorar se hizo al calor de las historias de luchas sociales con las que me criaron y en mi férrea oposición al liberalismo disfrazado de peronista. Aprendí a ver los ojos del traidor desde pequeña, cuando los figurones del partido visitaban mi casa y a saber que no siempre quien te dice compañero es alguien que te quiere.
Comprendan que pertenezco a una generación que se crio entre reuniones y marchas, porque muchos de los que hoy tienen mi edad, crecieron en la militancia de sus padres y aprendieron que los ideales no se negocian, que las banderas no se arrían, que el valor de decir lo que se piensa debe ser refrendado por los actos.
Ayer, luego de ver la transmisión de la marcha, ya que no pude estar allí, de seguirla por las redes y por las novedades que mi marido me pasaba por teléfono (el sí pudo estar), luego de seguir el discurso detenidamente comentando con mi madre y mi suegra y compartiendo con muchos compañeros vía twitter, termino de hacer patente este sentimiento, esta potencia que quema las venas, el hecho de saber que no estamos equivocados, que no podemos explicar por qué somos lo que somos, porque hay que contarle al otro todo lo anteriormente dicho con lujo de detalles, ese calor indescriptible de miles de corazones que laten juntos soñando un país aún mejor. El amor que se pone en las luchas diarias, luchas que, por suerte hoy, son discursivas, dialécticas y no armadas.
¿Cómo le hacés entender a un gorila que lo único que pone feliz a un militante es saber que puede hacer que un niño o niña, un anciano o anciana sonría y recupere los sueños, y que esos sueños no serán vendidos?¿Cómo hacés para que te entiendan que no se trata de dar sino de hacer juntos, porque el pueblo es un soma, un cuerpo, que late todo junto, y que lejos de la fría cacerola, se expresa todo junto? ¿Cómo decirte gorila que la felicidad es encontrarte con los demás para cantar juntos hasta tener la voz quebrada, sentirse parte del latido vivo de la tierra y soñar con que todo es posible, y es más, trabajar para que así sea?
Estamos dando una lucha, en los ochenta y noventa el partido se llenó de una fauna impresentable, a la que mi abuelo llamaba “peronistas de pelo fino”, esos que nos vendieron el partido a los liberales, esos a los que Eva temía, cuando hablaba del oligarca que se lleva dentro. Nos robaron la marcha, las banderas las guardaron y al escudo lo colgaron en la pared, porque no había espacio en ellos para tenerlo junto al corazón, porque ahí tienen la billetera.
Después de mucho, volví a sentir que éramos nosotros otra vez.  Si, después de mucho, porque por mucho tiempo me sentí como se sentía el glorioso Carlos Carella cuando escribió aquella carta a la secretaría general del partido para irse, porque se habían vuelto más liberales que los liberales. Con esa carta lloramos muchos, porque nos sentíamos expulsados, porque la Triple A y sus secuaces nos habían querido hechar y lo estaban logrando, porque incluso le abrieron las puertas a quienes se habían levantado contra el gobierno democrático de Alfonsín, porque “con mierda también se construye”.
Dirán que es apasionado lo que escribo, exagerado, enardecido, que no llamo al diálogo y demás… es cierto, escribo con una pasión no muy común en mis artículos, pero escribo desde lo que me trasunta hoy, desde lo que gravita en mi interior, hoy no escribo como periodista, hoy soy una estricta militante a la que no le interesa ser comprendida, sino contar, cronicar lo que siente.
Hoy escribe la que lleva las banderas con el alma, la que pudo creer en algo después de una vida de no creer, la que sabe que hay que garantizar cada cosa conseguida y avanzar hacia la profundidad del proyecto de país con el que soñamos muchos.

Hay muchos que se dirán peronistas, mucho pichón noventista que busca decir que sabe dónde está, pero le aviso tener carnet no te hace parte, como el hábito no hace al monje. Los peronistas de pelo fino son conocidos por sus inclinaciones cipayas, y en la búsqueda de ser aceptados por la oligarquía como inofensivos dejaron de ser peronistas para ser solo peronés, es decir el hueso con el que se proyecta la patada. Y es nuestro trabajo garantizar que este movimiento siga siendo popular, es decir siga perteneciéndole al pueblo porque de él ha nacido, como Eva, como Perón, para hacer de este país una Patria Socialmente Justa, Económicamente Libre y Políticamente Soberana.