En 1955, con el derrocamiento de Perón, inicia una fina
labor, cuyo puntapié inicial será el decreto-ley 4161, “Prohibición de
elementos de afirmación ideológica o de propaganda peronista” del 5 de marzo de
1956. Dicho decreto prohibía expresamente las palabras y frases que pudieran
hacer referencia al peronismo, así como nombrar a Perón, a Eva o reproducir sus
imágenes, escuchar o cantar marchas como “Los Muchachos Peronistas” o “Evita Capitana”.
Los castigos iban desde las multas a clausuras e inhabilitaciones para cumplir
funciones hasta los seis años de cárcel.
Este decreto surge de uno anterior, que es el 3855/55 que
disolvía el partido justicialista en sus dos vertientes (femenino y masculino)
alegando vocación “liberticida”.
Este decreto lo firmaban: Pedro Eugenio Aramburu, Isaac
Francisco Rojas, E. Busso, L. Podestá Costa, L. Landaburu, R. Mignone, A.
Dell´Oro Maini, F. Martínez, L. Igartúa, P. Mendiondo, S. Bonnet, Eugenio
Blanco, A. Mercier, Alvaro Alsogaray, J. Llamazares, J. Alizón García, Arturo
Ossorio Arana, J. Hartung, J. Krause.
El Decreto-ley 4161/56 fue derogado por ley 14444, pero
producido el golpe de Estado contra Frondizi, por decreto 7165 del 24 de julio
de 1962 se lo restableció resolviéndose que la prohibición dispuesta por dicha
norma, alcanza asimismo a la mera difusión, por cualquier medio que ella se
efectúe, de las doctrinas y actividades a que dicha prohibición concierne,
aunque ella no se realice con fines de afirmación o propaganda. El Decreto-Ley
1296 del 15 de febrero de 1963 ratificó el decreto 7165/62. Fdo. Guido
–Martínez – Astigueta – Rodríguez Galán.
Decreto-ley 2713 del 10-4-63.- (B.O.17/IV/63) amplía y
modifica algunos de los artículos e incisos de los decretos 4161 del 5-3-56,
7165 del 24-7-62 y 1296 del 15-2-63.- El 2713/63 establecía que quedaban
sujetos a las penalidades previstas en el artículo 3° del 4161/56: "los
que hicieren de palabra o por escrito la apología del tirano prófugo del
régimen peronista o del partido disuelto por decreto-ley 3855/55",
"la
difusión, por cualquier medio o forma en que se efectuase, de directivas,
declaraciones, entrevistas o actividades del tirano prófugo y que de alguna
manera signifiquen injerencia en el plano político o gremial". En
estos dos supuestos eran incluidos, aun cuando en su divulgación no mediase la
existencia de una finalidad de afirmación ideológica o propaganda peronista. Y
a ellos se agregaba: "el contacto, por cualquier medio, con el
tirano prófugo, vinculado a la actividad política o gremial y la actuación de
quienes sirviesen de nexo a aquellas para tales fines y para los previstos en
el inciso sobre difusión de directivas, etc."
El Decreto 2713/63, sustituyó el inciso b) del art.3° del
decreto-ley 4161/56, de la siguiente manera: "...Además, con
inhabilitación por doble tiempo del de la condena para desempeñarse como
funcionario público, candidato a cargos públicos electivos o dirigente político
o gremial. Dicha inhabilitación no será, en ningún caso, inferior a dos años”. Por
el art.3° se derogaba el art. 2° del
decreto-ley 7165/62, que había sido ratificado por decreto-ley 1296/63.-
Algunos de los responsables: Dr. José María Guido; los 3
secretarios militares: General Rattembach, Contraalmirante Kolungia, Brigadier
Mac Loughlin; el Ministro del Interior: General Rauch; el Ministro de Defensa:
Doctor Astigueta y el Ministro de Educación y Justicia: Rodríguez Galán.
Pese a esto, de muy diversas maneras, subterráneamente, el
peronismo se levantaba una y otra vez, con distintos frentes y opciones.
Ser peronista se convirtió, no sólo en una expresión de
ideología nacional y popular, sino en una forma de resistencia psicológica al
intento de dominación que ejercían los personeros del poder económico.
Para horror de los dictadores de tuno y sus patrones
oligárquicos, las prohibiciones no hacían más que arraigar el peronismo en los
corazones, dando una pertenencia que terminó por constituirse en identidad
popular.
Ese arraigo profundo, que fue pasando de padres a hijos y
que se alimentó de una fortaleza casi mística, ya que su líder estaba lejos, y
su regreso implicaba la vuelta de los derechos y los días felices de aquella
época nacida al calor de una plaza de mayo llena de trabajadores, donde los únicos
privilegiados eran los niños y los hijos de los obreros poblaron las
universidades nacionales, se fortalecía con el paso de los años.
Ser peronista, más allá de
las ideas y los sentimientos, era revelarse, como si desde lo profundo de la
tierra un tronar de voces y rostros sacudiese el alma de los más jóvenes.
Entonces los patrones
comprendieron que las prohibiciones no bastaban y usaron el horror como
herramienta.
Pero con el fin de la
dictadura volvió a salir a la superficie.
¿Cómo evitar entonces que
siga pasando? Fácil, sembrando la idea de que la política tuvo la culpa de las
desapariciones y la muerte (cosa que los militares venían haciendo desde los
medios)
Había que desalojar a la
política de las mesas argentinas, de los bares, las artes. La tarea era clara,
hay que despolitizar al pueblo.
El primer concepto en ser anulado
fue el de pueblo, se lo remplazó por “gente”, la gente es anónima, agrupable,
pero no hay pertenencia, como sí la hay en la idea “pueblo”.
Se va generando la necesidad de
una hiperconcentración del ego, para en el futuro apuntar a la disolución
despersonalizada del mismo, para que no se cayera en la idea de autodeterminación
tan cercana a las ideas libertarias.
Se minaron entonces todas las
formas de participación que permitieran una identificación y pertenencia
político partidaria, tachando toda militancia como “rentada” y “oportunista”,
al mismo tiempo se unificaron, ex profeso,
las palabras “política” y “partidismo”, las cuales no entrañan el mismo
significado, de ninguna manera.
Llegamos, entonces a esta época
en la que un supuesto dirigente se enorgullece de que su líder no tenga
“ideología” como si dijera que no tiene herpes, o personas que hablan de que
algo “está politizado” y qué querés que esté, si cada acto de la vida implica
una decisión política personal, partidaria o no.
Vivir una vida ideológicamente ligth implica privarse de
pensar, elegir lo masticado y digerido por sobre la necesidad de saber. La
antipolítica es una decisión política.
La condena y estigmatización de la identidad partidaria de
las personas es, en sí, una forma de violencia que siempre se expresa a partir
de la anatematización del partido al que se pertenece, anatema que no alcanza a
los partidos que las oligarquías sostienen.
Es, entonces, en este tiempo que reconocerse e identificarse
claramente, desde el discurso y lo actitudinal, se convierte en una forma de
resistir al vaciamiento ideológico que se propugna con la repulsiva teoría de
“la grieta”, teoría que, además implica un desconocimiento histórico
lamentable, ya que siempre que haya oligarquías habrá un “ellos y nosotros”.
Ser quienes somos significa vernos en la profundidad,
comprender las pertenencias para desde allí, tejer el futuro. Si no nos
atrevemos a asumir la profundidad de la identidad política, tampoco asumimos
nuestra pertenencia como pueblo y entonces los vaciadores de mentes habrán
triunfado y los patrones estarán contentos.
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