miércoles, 16 de septiembre de 2015

Reconocer la identidad partidaria es resistir

Por Guadalupe Podestá Cordero

En 1955, con el derrocamiento de Perón, inicia una fina labor, cuyo puntapié inicial será el decreto-ley 4161, “Prohibición de elementos de afirmación ideológica o de propaganda peronista” del 5 de marzo de 1956. Dicho decreto prohibía expresamente las palabras y frases que pudieran hacer referencia al peronismo, así como nombrar a Perón, a Eva o reproducir sus imágenes, escuchar o cantar marchas como “Los Muchachos Peronistas” o “Evita Capitana”. Los castigos iban desde las multas a clausuras e inhabilitaciones para cumplir funciones hasta los seis años de cárcel.
Este decreto surge de uno anterior, que es el 3855/55 que disolvía el partido justicialista en sus dos vertientes (femenino y masculino) alegando vocación “liberticida”.
Este decreto lo firmaban: Pedro Eugenio Aramburu, Isaac Francisco Rojas, E. Busso, L. Podestá Costa, L. Landaburu, R. Mignone, A. Dell´Oro Maini, F. Martínez, L. Igartúa, P. Mendiondo, S. Bonnet, Eugenio Blanco, A. Mercier, Alvaro Alsogaray, J. Llamazares, J. Alizón García, Arturo Ossorio Arana, J. Hartung, J. Krause.
El Decreto-ley 4161/56 fue derogado por ley 14444, pero producido el golpe de Estado contra Frondizi, por decreto 7165 del 24 de julio de 1962 se lo restableció resolviéndose que la prohibición dispuesta por dicha norma, alcanza asimismo a la mera difusión, por cualquier medio que ella se efectúe, de las doctrinas y actividades a que dicha prohibición concierne, aunque ella no se realice con fines de afirmación o propaganda. El Decreto-Ley 1296 del 15 de febrero de 1963 ratificó el decreto 7165/62. Fdo. Guido –Martínez – Astigueta – Rodríguez Galán.
Decreto-ley 2713 del 10-4-63.- (B.O.17/IV/63) amplía y modifica algunos de los artículos e incisos de los decretos 4161 del 5-3-56, 7165 del 24-7-62 y 1296 del 15-2-63.- El 2713/63 establecía que quedaban sujetos a las penalidades previstas en el artículo 3° del 4161/56: "los que hicieren de palabra o por escrito la apología del tirano prófugo del régimen peronista o del partido disuelto por decreto-ley 3855/55", "la difusión, por cualquier medio o forma en que se efectuase, de directivas, declaraciones, entrevistas o actividades del tirano prófugo y que de alguna manera signifiquen injerencia en el plano político o gremial". En estos dos supuestos eran incluidos, aun cuando en su divulgación no mediase la existencia de una finalidad de afirmación ideológica o propaganda peronista. Y a ellos se agregaba: "el contacto, por cualquier medio, con el tirano prófugo, vinculado a la actividad política o gremial y la actuación de quienes sirviesen de nexo a aquellas para tales fines y para los previstos en el inciso sobre difusión de directivas, etc."
El Decreto 2713/63, sustituyó el inciso b) del art.3° del decreto-ley 4161/56, de la siguiente manera: "...Además, con inhabilitación por doble tiempo del de la condena para desempeñarse como funcionario público, candidato a cargos públicos electivos o dirigente político o gremial. Dicha inhabilitación no será, en ningún caso, inferior a dos años”. Por el art.3° se derogaba el art.  2° del decreto-ley 7165/62, que había sido ratificado por decreto-ley 1296/63.-
Algunos de los responsables: Dr. José María Guido; los 3 secretarios militares: General Rattembach, Contraalmirante Kolungia, Brigadier Mac Loughlin; el Ministro del Interior: General Rauch; el Ministro de Defensa: Doctor Astigueta y el Ministro de Educación y Justicia: Rodríguez Galán.
Pese a esto, de muy diversas maneras, subterráneamente, el peronismo se levantaba una y otra vez, con distintos frentes y opciones.
Ser peronista se convirtió, no sólo en una expresión de ideología nacional y popular, sino en una forma de resistencia psicológica al intento de dominación que ejercían los personeros del poder económico.
Para horror de los dictadores de tuno y sus patrones oligárquicos, las prohibiciones no hacían más que arraigar el peronismo en los corazones, dando una pertenencia que terminó por constituirse en identidad popular.
Ese arraigo profundo, que fue pasando de padres a hijos y que se alimentó de una fortaleza casi mística, ya que su líder estaba lejos, y su regreso implicaba la vuelta de los derechos y los días felices de aquella época nacida al calor de una plaza de mayo llena de trabajadores, donde los únicos privilegiados eran los niños y los hijos de los obreros poblaron las universidades nacionales, se fortalecía con el paso de los años.
Ser peronista, más allá de las ideas y los sentimientos, era revelarse, como si desde lo profundo de la tierra un tronar de voces y rostros sacudiese el alma de los más jóvenes.
Cuando se produjo la vuelta tan ansiada, con sus luchas internas y contradicciones, el sentir seguía intacto, lo probaba la inmensa despedida en la que se encontraron todas las partes que componían ese peronismo que lloraba al líder mítico como quien llora a un padre.
Entonces los patrones comprendieron que las prohibiciones no bastaban y usaron el horror como herramienta.
Pero con el fin de la dictadura volvió a salir a la superficie.
¿Cómo evitar entonces que siga pasando? Fácil, sembrando la idea de que la política tuvo la culpa de las desapariciones y la muerte (cosa que los militares venían haciendo desde los medios)
Había que desalojar a la política de las mesas argentinas, de los bares, las artes. La tarea era clara, hay que despolitizar al pueblo.
El primer concepto en ser anulado fue el de pueblo, se lo remplazó por “gente”, la gente es anónima, agrupable, pero no hay pertenencia, como sí la hay en la idea “pueblo”.
Se va generando la necesidad de una hiperconcentración del ego, para en el futuro apuntar a la disolución despersonalizada del mismo, para que no se cayera en la idea de autodeterminación tan cercana a las ideas libertarias.
Se minaron entonces todas las formas de participación que permitieran una identificación y pertenencia político partidaria, tachando toda militancia como “rentada” y “oportunista”, al mismo tiempo se unificaron, ex profeso,  las palabras “política” y “partidismo”, las cuales no entrañan el mismo significado, de ninguna manera.
Llegamos, entonces a esta época en la que un supuesto dirigente se enorgullece de que su líder no tenga “ideología” como si dijera que no tiene herpes, o personas que hablan de que algo “está politizado” y qué querés que esté, si cada acto de la vida implica una decisión política personal, partidaria o no.
Vivir una vida ideológicamente ligth implica privarse de pensar, elegir lo masticado y digerido por sobre la necesidad de saber. La antipolítica es una decisión política.
La condena y estigmatización de la identidad partidaria de las personas es, en sí, una forma de violencia que siempre se expresa a partir de la anatematización del partido al que se pertenece, anatema que no alcanza a los partidos que las oligarquías sostienen.
Es, entonces, en este tiempo que reconocerse e identificarse claramente, desde el discurso y lo actitudinal, se convierte en una forma de resistir al vaciamiento ideológico que se propugna con la repulsiva teoría de “la grieta”, teoría que, además implica un desconocimiento histórico lamentable, ya que siempre que haya oligarquías habrá un “ellos y nosotros”.

Ser quienes somos significa vernos en la profundidad, comprender las pertenencias para desde allí, tejer el futuro. Si no nos atrevemos a asumir la profundidad de la identidad política, tampoco asumimos nuestra pertenencia como pueblo y entonces los vaciadores de mentes habrán triunfado y los patrones estarán contentos.

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