Despertó, como cada mañana, bajo un arbusto
frondoso y verde que apenas dejaba colar los rayos de un sol de otoño.
Hacia fresco y en el aire aún flotaba el
olor de la tierra húmeda de rocío. Se estiró cuan largo pudo y volvió a
recordar el sabor dulzón de la leche tibia que emanaba un pezón amoroso en su
boca ávida.
Se asomó despacito, deslizándose lentamente
de su cobijo vegetal. Los ojos aún vestidos de sueño, enfrentaron el trajín
urbano.
Bebió un poco del agua en la fuente de la
plaza mientras oía la algarabía de los pájaros en la frondosa cubierta de los
árboles.
Los ruidos de la calle fueron tomando
cuerpo y consistencia. Cruzó con sumo cuidado el asfalto, rumbo al almacén de
la esquina, donde su amiga lo esperaba con un sabroso tazón de leche calentita,
siempre acompañada de trozos de pan ensopado.
Y allí estaba ella,
la generosa, esperándolo, con la sonrisa amplia en su carita buena, donde los
ojos marrones y brillantes parecían las bolitas con que se divertían los chicos
de la plaza.
Atrás apareció el hombre moreno cargando
dos cajones llenos de botellas vacías que tintineaban como monedas rebotonas en
la acera.
Como cada mañana ella le acarició la cabeza
con sus hermosas manos suaves y blancas como palomas, mientras le hablaba con
tanta ternura que su corazón se llenaba de suspiros.
El hombre se agachó para darle un bocadillo
y aprovechó para darle la mano, su manito pequeña se perdía entre la mano
oscura y fuerte de él, la sintió vigorosa y segura. Él también metió una
caricia recia en su pelambrera, antes de entrar en la casa.
La voz gruesa dijo algo desde adentro y con
una última sonrisa, ella entró, justo cuando los niños vestidos de blanco
pasaban bullangueros con libros y bolsas en las manos.
A veces él no entendía algunas palabras, conocía
que él era Cachilo, porque así le decía ella, que su amiga era Beba ya que así
le decían las personas del barrio y que el fortachón se llamaba algo así como
Mamérico, ese nombre le daba gracia.
Pensó que eran buena gente, saludó dejando
oír su voz por primera vez esa mañana y se alejó, saboreando aún el desayuno y
moviendo el rabo lentamente.

No hay comentarios:
Publicar un comentario