Pequeño, eternamente hambriento, ágil,
inteligente y veloz como una ardilla. Su piel oscura no conocía más que el agua
de la lluvia y las caricias del viento.
Negros de barro los pies y curtidas las
manos.
Revolvía los tachos para comer y a veces
alguien le ofrecía alguna cosa. Dormía con un ojo abierto, donde lo pescara el
sueño.
Unos días hacía mandados para la diariera
de la esquina de la plaza y ella le
tusaba el pelo lacio, evitando, sin mucho éxito la piojera.
Un mañana un micro ruidoso, lleno de
insignias, bombos y banderas se detuvo y bajaron muchachones bullangueros
cantando consignas y marchas.
Uno de ellos le alargó una medialuna enorme
y el Bocha la devoró sonriendo. Lo invitaron a subir y partió con ellos.
Aprendió canciones y proclamas, hasta le
dieron una bandera con una pareja abrazada, que onduló en el aire de la calle.
Mientras aprendía a poner los deditos
turbios en V, le pusieron una gorra con letras en medio de una bandera, sobre
la visera.
Le convidaron con mates dulces y dos o tres
alfajores al mismo tiempo que la negra Rosa le ponía una remera blanca con la
cara de una mujer sonriente de mirada generosa. Atrás repetía las letras de la
gorra.
Cantó, bailo, avanzó entre una multitud
fervorosa por los senderos de una plaza cubierta de algarabía, pasacalles,
pancartas y murga que retumbaba en el corazón.
Comió choripanes como para siempre. Bebió
mates y gaseosas hasta inflarse como un globo.
De regreso a San Miguel, buscó un banco
para descansar enfundado en una de aquellas banderas que hacían juego con su
remera nueva, ya no tan blanca y con letras azules y con un enorme suspiro se
dejó caer en él semi adormecido.
Alguien gritó - ¡a estos pichones de la
yegua hay que matarlos de chiquitos y
entre risotadas y palabrotas pasó de un sueño al otro.
Una paloma desde un árbol observaba el hilo
rojo que partía desde debajo de la bandera, formando un charco brillante que
envolvía poco a poco una manito yerma con los dedos haciendo la V.
Y un borracho trastabillando musitó - ¡No
es cierto que el amor vence al odio! – y se alejó hipando mientras amanecía
lentamente una gris mañana de octubre.

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